  |
–Lamento llegar así, sin avisar – dije, agitado – Pero no contestabas a mis llamadas.
–Sabías que llegaría.
–Sí, lo sé, sólo quería verte.
–Está bien.
Recuerdo que sonreíste y tomaste mi mano para que saliéramos juntos de la habitación. Sólo miré atrás una vez: el cuarto vacío, oscuro y triste.
Nunca sabré por cuánto tiempo, pero mi cuerpo todavía colgaba de aquella cuerda.
Por Roderich Der Weiss
|